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Costureras a partir de Navidad / por Post-Data

 «Costureras a partir de Navidad»

Desde mi punto de vista, en la vida humana siempre hubo etapas, yo las divido en seis: desde que nacen hasta los cuatro años, los típicos que gatean y lloran sin motivos; desde los cuatro hasta los seis, parecida a la anterior pero ahora saben hablar; desde los seis hasta los trece, acá ya es para la primaria y algo de secundaria; desde los trece hasta los dieciocho, ya son adolescentes de primera, fiestas, amores, alcohol…; desde los dieciocho hasta los veintitrés o veinticinco con suerte, donde uno está en sus últimos años de jodas hasta las seis de la mañana; desde los veintitrés hasta los cuarenta y a partir de ahí parecen exclamar en silencio «¡sálvese quien pueda y quiera!». Esa regla —al menos hasta la semana pasada—, siempre, se mantiene.

Excepto en Navidad, el veinticuatro y veinticinco de Diciembre, parece que todas las etapas pasan a segunda fase de vida, las personas empiezan a actuar como un nene de seis años, vago, indeciso, y con ganas de recibir regalos si así se permite, obvio cada edad desde su punto, los mayores atajan lo que sea, los niños siempre piden a mas no poder y los intermedios piden si pueden. Lo indispensable siempre aparece, una picada, birra para los mayores, gaseosa para los menores, una buena mesa dulce y listo. Aún así siempre se termina agrandando el evento, pero ese no es el punto. El punto es que en todo el tiempo que vengo estudiando el comportamiento humano en este planeta, creí que a los más chicos de primer a segunda fase podía pasarlos por alto, no creí que estos seres subdesarrollados deberían ser observarlos desde tan temprana edad, es más, creo que fue de casualidad que justo la semana anterior observé poco curiosa cómo una horrenda niñita de siete años hacía la carta a este ser que llaman “Papá Noel”, parece ser como una divinidad de esta festividad, el millonario de millonarios que promete cada año traerle a los niños y niñas lo que pidan, aclaro en este reporte, que Papá Noel puede fallar. Pero a lo que venía es que yo muy tranquila revisaba a lo lejos a esta niña, de pelo negro —como su madre— y ojos verdes apenas achinados, riendo en voz baja por su pésima caligrafía y ortografía cuando termino de entender qué estaba escribiendo. En esa hoja rayada número tres había solo una palabra tras el «Querido Papá Noel».

“Aguja”.

No decía “una aguja” o “aguja e hilo para coser”, no tenía comparación con la que escribía el hermano apenas un año mayor. Nada más, dobló el papel a la mitad, le hizo unas estrellitas, puso su nombre y lo dejó en otro decorativo muy importante de la Navidad: “el árbol falso” —al menos así lo llamo yo—. Un árbol de plástico, imponente, alto, estrafalario. En la base suele haber distintas esferas de gran tamaño de color rojo, plateado, dorado y quizás azul, algunas son brillantes, otras opacas, algunas con un hilo para enganchar entre la ramas verdes con puntas blancas, simulando una nieve inexistente, osea, hace cuarenta grados afuera, y estos están simulando la nieve, son muy extraños… Y a medida que subimos en altura los adornos se reducen en tamaño y forma, hay angelitos de tela que parecen sonreír, aunque a mi me dan terror, osea, seres con alas, humanos, por favor, no pueden ser tan ingenuos, hay cascabeles que tampoco tienen mucha coherencia, porque sin alguien que los mueva no producen sonido. Hay unas ramita de árbol de verdad que tienen las puntas bañadas en purpurina dorada, hay más esferas de colores con detalles en plateado, no sé si sea solo en esta casa, pero por ejemplo la vecina de enfrente puso unos aros del mismo material que el de la rama del árbol de Navidad, con unas cintas rojas y doradas. Ahora que lo pienso, este señor millonario también viste de rojo... Sub-conclusión número uno, la Navidad se caracteriza por el color rojo y verde. Y cuando uno ve la punta del árbol, ahí está, la estrella menos realista del universo, de cinco puntas, dorada, con brillos del mismo color, algo de vergüenza ajena me daba ver esa estafa, quizás algún día pueda traerles una estrella real, pero no sé, dependerá de la fuerza de gravedad, que la roca aguante el viaje y que no me salga de mi personaje de cocinera. En Notambuclo no tenemos esta festividad, y si bien hay algunas similitudes con la del “Droam d’debef” que acá se traduce como “Cambio de lunas”, ya sea porque se dan regalos o por la importancia que le dan. Me parece la navidad lo suficientemente prometedora como para sumarla a nuestro calendario.

—Valentina —la llamé con intriga mientras me acercaba a ella con mi anotador—, Manuel —llamé al hermano que escribía su décimo quinto pedido material de Navidad.

Ambos me miraron con una sonrisa de punta a punta, corriendo hacia mí mientras extendían sus brazos como si me fueran a abrazar. Confirmé mi teoría cuando sentí los cuatro brazos a la vez alrededor de mi cuello. Bufando los alejé de mí y puse la mejor sonrisa fingida que pude para preguntarles con un tono poco amable.

—Chicos, ¿que escribieron en su carta?

—Los regalos obviamente —me respondió Manuel con tono como si fuera obvio.

—¿Y qué pidieron? —pregunté de nuevo aguantando la molestia del nene de ocho años.

—Yo pedí siete paquetes de figuritas del álbum del mundial; un muñeco Funko Pop de Thor; otro de Iron Man; un joystick porque el que tengo se me rompió; el FIFA 2020… 

La lista parecía no terminar, en un momento le dije que el día estaba lindo y que podía ir a la pileta si quería. Quizás así le diera  una insolación para quedarse toda una semana en cama.

—¿Y vos Valentina?

—Yo pedí aguja —me respondió con su vocecita fina y débil algo entrecortada mientras agarraba de nuevo la carta y me la estampaba en la cara con su sonrisa agujereada en el centro por la falta de paletas.

La miré confundida mientras veía el dibujo minúsculo de una aguja de coser y un rayón amarillo al lado. ¿Por qué querría una niña de siete años agujas? ¿Por qué no un oso de peluche? ¿O una Barbie? ¿Tal vez una pelota de fútbol si le gustara? ¿Quizás un poni?. Le pregunté si en vez de una aguja quería algún tipo de muñeco, también explicando que el señor Papá Noel podría comprarlo sin problemas. Ella negó con la cabeza.

—No. Mamá dice que una aguja es mucho más interesante que cualquier otro muñeco o juego. Coser es algo importante, indispensable y que da dinero —soltó la niña como si fuera un discurso muy ensayado.

—Te olvidaste de decir que da honor —Destacó una voz femenina, el ruido de botas de taco alto retumbaba en toda la sala—. Una aguja es mucho más interesante que cualquier otro muñeco o juego. Coser es algo importante, indispensable, que da honor y dinero.

La mujer mayor se acercó lo suficiente a la niña como para acariciar su cabeza y ponerla detrás de su cuerpo, como si la protegiera de mí. Lo cual, dentro de todo, tenía bastante sentido. Cuanto más cerca la tenía, más olor a viejo y polvo le sentía. Me sacó una basurita del hombro del saco y, acto seguido, me señaló la puerta, ella avanzó hasta ahí y me hizo una seña para que la siguiera.

Me dijo cosas como que, no me sorprendiera si Valen pedía agujas. Que era el orgullo familiar, su tradición.

—Vos verás, como te habrás dado cuenta nuestro apellido es importante, los Gómez —empezó a hablar, en ese momento pensé en bromear con que pensaba que era importante por lo repetido que era su apellido, pero algo me dijo que no iba a ser un buen chiste—, sabe, nosotras siempre fuimos las hogareñas, las mujeres del hogar, empleadas para todo… castigadas en el caso de mi bisabuela. Dicen que las desventajas te hacen más fuerte, y Claudia Paz Gómez lo confirmó en 1914. Fueron años de maltrato por parte de su marido, que la casera, que la sirvienta, que la mujer… —hizo una voz de asco, mientras caminábamos pasillos llenos de máquinas de coser, hilos sueltos en el piso y salas donde más y más mujeres de todo tipo cocían. El ruido de las máquinas de coser al unísono se me hacía similar al de un batallón: había máquinas que parecían ametralladoras en campos de guerra con las telas de distintos estampados, otras que parecían revólveres que daban tiros cortos y concisos y alguna que otra máquina que de lo que fallaba parecía una escopeta errando su tiro.

Llegamos a una habitación llena de fotos, cuadros y más agujas, hilos y máquinas de todo tipo de costura.

—La costura, una tarea para el supuesto sexo débil, se terminó convirtiendo en un trabajo de alta ganancia, para revindicar a la mujer, consiguiendo, incluso, más dinero que los hombres. Claudia le pasó eso a su hija Clara Martina Gómez; ella a mi mamá Josefina Gómez, mi madre a mi y yo a Valentina y ella a su hija y así por los siglos de los siglos.

Mientras ella me lo explicaba yo iba paseando por toda la habitación, entre telarañas encontré algo interesante. Una caja de cristal con bordes dorados, adentro solo había una aguja, oxidada por el tiempo. Al lado había un cartel que decía «primer aguja de las Gómez» miré el techo húmedo con hongos.

—Me parece impresionante… realmente… ¿pero no cree que es muy joven para empezar con la “tradición familiar”? —aunque para mí más que una tradición era una condena— ¿Y qué pasa con Manuel?, él pidió como siete mil regalos, ¿A partir de cuándo una persona arranca con esta religión?—le pregunté agarrando la caja de cristal con el acolchado de terciopelo rojo. Que rápidamente Renata sacó de mis manos.

—No, no, no, persona no, solo la hija mayor y con respecto a la edad, se estableció con mi bisabuela que en la navidad número siete de cada mujercita Gómez se le regalaría su máquina de coser y una aguja para empezar con toda esta labor. En cuanto a Manuel, él puede pedir todo lo que quiera, al final nosotros los adultos le decimos a Papá Noel que traer, lo mismo aplica a Valen —para este punto yo ya pensaba que la mujer se había enojado, hablaba todo muy cortante y despiadado, mala señal según mis estudios.

—¿Y si ella no quiere coser?

—Pues tendrá que hacerlo a la fuerza, a ver, René —expresó sacando de la  pollera de su vestido azul oscuro largo hasta los tobillos, que seguramente también había fabricado ella en su atelier privado, una aguja larga de más o menos quince centímetros y bastante gruesa como las de colchonero, la apuntó hacia mí—, ¿hay algo que no entiendas? Esta es una labor que se ha transmitido de generación en generación, y así será por lo que quedé de descendencia. Con suerte las próximas Gómez trabajarán menos horas que yo, pero no se cortará este legado de costureras.

Algo me recorrió en la nuca, cada vez se acercaba más y yo cada vez me alejaba más, hasta chocar con la pared. Tuve que estirar mi cuello para que la aguja no me perforara la garganta. Ella dio un paso hacia atrás y volvió a guardar el arma filosa. Salió de la habitación sin dirigirme la palabra, cerrando la puerta tras de sí.

Miré de nuevo esa caja, sub-conclusión número dos, el comienzo de una condena. En una esquina de la habitación había una rueca de madera oscura.

—Mierda… quizás lo de la aguja fue una advertencia nomás… —murmuré a mi misma.

Los seres que vivimos allí somos muy diferentes a los humanos, somos mucho más silenciosos —literal que una vez al mes está el día del silencio, donde nadie puede hablar con nadie—; somos menos cantidad ya que nuestro planeta es tres veces más pequeño; vivimos a base de nuestros vegetales, el noventa por ciento de la población llega a vivir cien años como mínimo; cada uno tiene su libertad de decidir qué hacer desde las ciento sesenta y ocho lunas llenas, que técnicamente deberíamos duplicar ya que nosotros podemos ver dos lunas en una sola noche, así que serían 336 lunas.

Salí de esa habitación y mientras volvía a la sala donde estaban los más chicos veía como en cada aula había al menos diez mujeres trabajando como locas, a una parecía estar temblándole la mano cuando acomodaba sus anteojos redondos. Otra parecía estar mirando siempre a la puerta en caso de que la jefa se acercara. Lo mismo en los otros cinco salones.

Llegué finalmente a la sala, donde Valentina dibujaba con su madre. No me acerqué mucho, ni siquiera entré a la habitación, solo espié asomando mi cabeza por el agujero de la pared.

—¿Te gusta, ma? —le preguntó la niña a la mujer que parecía mirarla con un tipo de satisfacción no muy común.

—¡Obvio que sí! Acordate que las máquinas de coser antiguas tienen un pedal —respondió. Ya le estaba insinuando el deber a su hija—, y una cosa más, a Papá Noel también pedile hilo, sino, ¿cómo vas a coser?


***


    Ya era la noche del veinticuatro, la cocina olía a carne y papas, grasa, colesterol… esos olores me causaban náuseas, asqueroso, definitivamente Notambuclo y La Tierra eran muy distintos, allí vomitaríamos todos con este olor, pero por las pruebas que había hecho acá, los humanos vomitan con el olor a vísceras de vaca de la flor Jeosnatum.

    Emplaté todo con un chico de mi misma edad, parecía molesto. Le pregunté si le pasaba algo, entrecerró los ojos mientras pronunciaba palabras mal vistas acá. Yo miré al otro lado y evité reírme por las caras que hacía mientras tiraba a cucharazos el puré de papa al lado de la milanesa de carne frita, una comida, que a mi parecer no sería adecuada para Notambuclo por la Ley de regulación de la carne animal para uso alimenticio, aún así, es bastante rica, se parece a las bolas de la panadería de Grupil, aunque con todo el respeto a los humanos, ese puré de papas es más como un barro  sin sabor alguno.

    —¡Debería estar con mi familia, en vez de estar acá, sirviendo milanga con puré, hijos de!... 

    —Tranquilo, capaz llegás para cuando Papá Noel llegue… —murmuré acomodando los platos en el carrito que también estaba decorado con la temática de navidad, guirnaldas de luces, algunas esferas del árbol y había hilos dorados colgando entre todo.

    Había al menos veinte personas, dos viejas elegantes con vestidos largos, cuatro mujeres, entre ellas la madre de Valen y Manuel, Valen, Manu y un par de niños más y el resto eran extras de este clan de costureras.

Once y cincuenta y seis, la mayoría de los chicos estaban afuera en el patio encendiendo algo llamado “pirotecnia”, que hacía que me doliera la cabeza, eran varias cosas: ‘estrellitas’ que son un tipo de palitos que se encienden y empiezan a largar chispas doradas, otra estafa, qué creerán que son las estrellas los humanos realmente; ‘bengalas’ que uno las enciende y largan fuego de colores; ‘chasqui-bum’ que son los peores para mí, parecen mini bombas que se tiran contra el piso y explotan, Manuel, alias “el chistoso”, me tiró una a los pies, casi pego un alarido que se escucharía hasta en mi Notambuclo; y por último ‘cohetes artificiales’ que son los más molestos, encienden como una campana y empieza a flotar, sube tanto que en un momento ¡PUM! explota en el aire a chispazos de colores. En Notambuclo sólo podrían usar las estrellitas y bengalas, en una comunidad tan silenciosa los fuegos artificiales asustarían a los mayores por el ruido y los colores tan extravagantes, creerían que es el nuevo comienzo de la existencia de los Notambuclos. Incluso nuestro planeta es distinto, hay muchos pozos y pocas rectas, muchas plantas y muchos animales… 

Once cincuenta y nueve.

Miré el reloj de muñeca, veintitrés segundos, había escuchado que este hombre de barba tupida y canosa, odiaba que lo vieran, por lo tanto respeté su decisión y me quedé quieta en el patio, en un rincón apartado, jugando con los chicos, pocas veces demuestro el afecto, pero también me dijeron que en estas fechas uno —supuestamente— saca el “espíritu navideño” que lleva dentro, supongo que el que me lo dijo quiso decirme que sea amable, porque sino la otra opción era que me saque las tripas, las envuelva y las deje como regalo bajo el árbol de navidad, pero no me pareció que eso pegara con la temática, así que solo voy a intentar ser bondadosa con los niños.

Me quedé mirando el reloj de la sala a través del ventanal que daba a donde yo estaba parada, podía, apenas, distinguir las agujas del reloj antiguo colgado en la pared, mi vista seguía a la manecilla más larga, la de los minutos, que estaba casi pegada a la de la hora que marca las doce. Según lo que me habían dicho a las doce llegaba Papá Noel. Faltaba muy poco, si bien era una festividad de chicos y yo no le había escrito una carta como para que me trajera nada, estaba un poco ansiosa.

Miré de nuevo al reloj y en ese momento el llamado: “¡Llegaron los regalos!”. Los chicos se quedaron en seco un segundo, como si su computadora interna, se quedara cargando la siguiente reacción. Volvieron del mini trance y empezaron a correr en dirección al caserón. No quise parecer desesperada, me mordí el labio escondiendo una sonrisa y avancé por detrás de todas las personas que iban entrando a la sala, incluyendo a la madre de Valentina, que sonreía y rumoreaba con las otras madres de los invitados.

Después del pasillo fotográfico repleto de cuadros de mujeres Gómez, llegamos a la sala. Escuchaba gritos de pequeños ante la sorpresa de que debajo y a los costados del árbol había regalos, me asomé sobre las cabezas de todas las mujeres y vi ahí a Valentina, parada frente al paquete más grande con su nombre, que “curiosamente” tenía forma de una máquina de coser. Ella apenas sonrió, miró para todos lados y por suerte encontró otro paquete mucho más pequeño, ahí quizás sonrió un poco más, pero al empezar a rasgar el papel, su sonrisa se desvaneció, los ojos le dejaron de brillar. Lo que —supongo yo— habrá creído que sería una muñeca o un juego, o simplemente cualquier cosa que no estuviera relacionada a la costura, terminó siendo una caja con botones e hilos de distintos colores.

La madre la abrazó con toda su fuerza y solo la dejó cuando terminó de susurrarle algo al oído.

“Una aguja es mucho más interesante que cualquier otro muñeco o juego. Coser es algo importante, indispensable, que da honor y dinero, ahora es tu turno, mi querida Gómez”.

Ahora mi conclusión final: nunca vi tantas mentiras juntas en una sola festividad, desde la “nieve” en la punta de los árboles falsos. Las caras de sorpresa falsas, porque admitamoslo las más viejas no sabían ni actuar, así que estoy creando una teoría que, en caso de que sea real, me arrepentiría de haber querido sumar esta festividad al calendario, pero eso lo dejaré para otro reporte; las estrellas, las personas asumen que algo con cinco puntas o más que brillan en color dorado son estrellas, es una estafa del tamaño de la Tierra. La anteúltima me parece la más grave. Además, ¿cómo es esto de que un hombre gordo de 140 kilos, que va en un trineo volador —incluso sin nieve—,  con sus ocho renos también voladores más la bolsa gigante de regalos que lleva no solo estacionó su trineo y sus renos, sino que también entró al caserón sin que nos diéramos cuenta? ¿Cómo no presté atención en las puertas? ¿Tan distraída con los chicos me quedé que no miré ni de reojo la puerta? No lo creo.

Y lo peor de todo es que dudo haber sido la única decepcionada —rozando lo molesta— con la Navidad, porque cuando todos salían de la sala, cuando ya solo quedaban los niños y yo de nuevo, vi como bufando, Valentina agarraba un muñeco de Valentino y lo pateaba fuera del lugar sin que nadie la viera. 

Las únicas dos decepcionadas en la supuesta festividad más importante del año.


[Fin del reporte 012] —René Jernso— 



—Post-Data



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