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Hasta la raíz / por Federico Tuachi

 

Hasta la raíz

Tali estaba sentada en el medio de la sala, en un sillón Chesterfield verde oscuro que hacía juego con la tapa de su libro. Sus cortas piernas, lejos de tocar el suelo, se balanceaban al ritmo de su lectura pausada. Inquieta, se acomodaba a cada rato en diferentes posiciones. Un mínimo movimiento significaba una resonante flatulencia del sillón. El lugar estaba repleto de adultos. Del otro lado del eterno sillón había algunos niños más, pero no los conocía. No tenían el mismo superpoder que ella. Oculta tras la arcaica copia heredada de su madre de “Donde Viven los Monstruos”, Tali era tan poco visible como un camaleón experto. Lograba releer tranquila su libro favorito y opacar su timidez de la misma manera. Los superpoderes de un infante van más allá de toda comprensión lógica. El que cree, puede. Después de salvarla unas cuantas veces, el libro se ganó su permanencia en la mochila de unicornios. Podía ser un breve viaje al supermercado o una visita al temible dentista, pero iban siempre juntos. Especialmente estos últimos días, que su mamá la había arrastrado de acá para allá, abandonándola en casas de desconocidos. Todos le ofrecieron el mejor servicio hogareño, la mejor merienda. Tali, en silencio, seguía los detallados trazos de los monstruos hasta que su mamá volviera por ella.  

Creyendo pasar inadvertida, observaba el panorama por encima del borde superior del libro. Extrañada, contemplaba la excéntrica corona de flores. Creía que solo venían en ramos. No veía a su mamá. Dedujo, como si fuera el inspector Gadget, que no era el lugar donde ella trabajaba. Había mucha gente desconocida, pero no escritorios repletos como montañas, teléfonos sonando en sinfonía y gente elegante. Sopleteó su reducido flequillo y volvió a activar su poder. Los villanos querían atacarla. Probaban con toda su artillería pesada. “¡Hola, preciosa!”, “Sos igual a tu mamá ¿sabías?” y “¡Que lindos ojos que tenés, muñeca!” fueron las dagas que se encontraron con la impenetrable barrera literaria. Tali seguía buscando, alerta. Entre los adultos escuchaba llantos, pero también reconocía sonrisas. Ese tipo de mezcla le resultaba en una confusión tan grande como el peluche más caro de la juguetería. Decidió adentrarse en la muchedumbre de gigantes, tal vez poniendo en peligro la efectividad de sus poderes (que jamás había probado en movimiento) con el objetivo de dar con su mamá, la súper heroína definitiva.

Libro en manos, bien abierto, solo dejaba sus  ojos cándidos al descubierto; los mechones cortos contribuían al espionaje. Mientras se abría paso por el piso de abajo, ese donde los grandes no ven, Tali avanzaba preocupada: tenía la sospecha de que su superpoder solo funcionaba para el frente de su cuerpo. Las piernas de los adultos, como arboles vigorosos, formaban un pequeño sendero que se ramificaba. Pero Tali ignoraba sus raíces, pisoteándolas sin alarmarlas. Se abrió paso entre las mismas con una cuota de sudor y esfuerzo. Las copas de los árboles se llevaban toda la iluminación para ellas mismas, y Tali debía recurrir a su linterna especial de aventuras. Cuando el sonido de sus zapatos hundiéndose en el barro no era estruendoso, podía oír a las bestias salvajes preparándose para atacarla entre los exóticos arbustos  Por un instante olvidó la búsqueda,  mientras imaginaba que podría hacerle dos diminutos agujeros al libro para ver a través de ellos y, así, realzar el superpoder. Desde lo alto oyó un “Lo lamento mucho”. Había escuchado esa frase una infinidad de veces en la televisión. Le costaba comprender porque no decían simplemente “perdón”.  Ya había pasado demasiado tiempo sin su mamá, sin saber dónde estaba. Y empezó a desesperarse. Necesitaba encontrarla para tranquilizarse. De pronto, comenzó a correr sin saber en qué dirección iba, en una especie de espiral. Su figura la calmaba. Su mamá era la que destrozaba al malo de la película, la que espantaba a los engendros que podían atacarla en su cama por las noches. La que le daba la seguridad de caminar por la calle con sus amigas, sabiendo que atrás estaba ella. ¿Dónde vivían los monstruos y dónde estaba la mamá de Tali?

Divisó un camino alternativo y, mientras lo atravesaba, se topó con un cuarto apartado. Mucho menos poblado, casi en su totalidad en silencio y con una energía nula. La gente dura, como “estuatuas”. “Este cuarto parece mucho más triste”, se dijo. Sus pequeños pasos se enlentecieron como un autito que se va quedando sin batería, cuando su mirada se encontró con los ojos abatidos de su madre: estaba completamente derrumbada. Podía verla claramente, estando arrodillada medían casi lo mismo. Desde la puerta, detrás de la cual se escondió, Tali bajó con dolor el libro. Su cara quedó desprotegida. La situación era una superabundancia de emociones dañinas. No tenía que ver con ella, pero lo sintió propio porque afectó a los suyos. Fue algo que le brotó, que no precisaba explicar. Tali lloraba con la misma intensidad y respiraba con la misma dificultad, como un juego de imitaciones. Más allá de la razón estaba la esperanza de ver a su mama sonriendo hasta la eternidad. Llorar no es fácil, y hacerlo sin saber porque la confundía, al punto de quedarse mirándola sin hacer nada al respecto, contemplando la representación máxima de la desazón. Las gotas, cargadas de angustia, crearon un pequeño arroyo en su cara redonda, como un globo de cumpleaños, marcando el camino de todas las lágrimas que estaban al caer. Sus músculos, derrotados, cerraban su garganta y daban lugar a un nudo corpulento e imposible de desatar. Ver a su mamá quebrada era quebrarse ella misma. Tali lo asumió a costa de la imagen que por siempre resonaría en su cabeza: las súper heroínas también tienen días difíciles. 

Ilustración de Benjamin Lacombe

 



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