Hasta
la raíz
Tali estaba sentada en el medio
de la sala, en un sillón Chesterfield verde oscuro que hacía juego con la tapa
de su libro. Sus cortas piernas, lejos de tocar el suelo, se balanceaban al
ritmo de su lectura pausada. Inquieta, se acomodaba a cada rato en diferentes
posiciones. Un mínimo movimiento significaba una resonante flatulencia del
sillón. El lugar estaba repleto de adultos. Del otro lado del eterno sillón
había algunos niños más, pero no los conocía. No tenían el mismo superpoder que
ella. Oculta tras la arcaica copia heredada de su madre de “Donde Viven los
Monstruos”, Tali era tan poco visible como un camaleón experto. Lograba releer
tranquila su libro favorito y opacar su timidez de la misma manera. Los superpoderes de un infante
van más allá de toda comprensión lógica. El que cree, puede. Después de
salvarla unas cuantas veces, el libro se ganó su permanencia en la mochila de
unicornios. Podía ser un breve viaje al supermercado o una visita al temible
dentista, pero iban siempre juntos. Especialmente estos últimos días, que su
mamá la había arrastrado de acá para allá, abandonándola en casas de
desconocidos. Todos le ofrecieron el mejor servicio hogareño, la mejor
merienda. Tali, en silencio, seguía los detallados trazos de los monstruos hasta
que su mamá volviera por ella.
Creyendo pasar inadvertida, observaba
el panorama por encima del borde superior del libro. Extrañada, contemplaba la excéntrica
corona de flores. Creía que solo venían en ramos. No veía a su mamá. Dedujo,
como si fuera el inspector Gadget, que no era el lugar donde ella trabajaba. Había
mucha gente desconocida, pero no escritorios repletos como montañas, teléfonos
sonando en sinfonía y gente elegante. Sopleteó su reducido flequillo y volvió a
activar su poder. Los villanos querían atacarla. Probaban con toda su
artillería pesada. “¡Hola, preciosa!”, “Sos igual a tu mamá ¿sabías?” y “¡Que
lindos ojos que tenés, muñeca!” fueron las dagas que se encontraron con la
impenetrable barrera literaria. Tali seguía buscando, alerta. Entre los adultos
escuchaba llantos, pero también reconocía sonrisas. Ese tipo de mezcla le
resultaba en una confusión tan grande como el peluche más caro de la
juguetería. Decidió adentrarse en la muchedumbre de gigantes, tal vez poniendo
en peligro la efectividad de sus poderes (que jamás había probado en
movimiento) con el objetivo de dar con su mamá, la súper heroína definitiva.
Libro en manos, bien abierto,
solo dejaba sus ojos cándidos al
descubierto; los mechones cortos contribuían al espionaje. Mientras se abría
paso por el piso de abajo, ese donde los grandes no ven, Tali avanzaba
preocupada: tenía la sospecha de que su superpoder solo funcionaba para el
frente de su cuerpo. Las piernas de los adultos, como arboles vigorosos,
formaban un pequeño sendero que se ramificaba. Pero Tali ignoraba sus raíces,
pisoteándolas sin alarmarlas. Se abrió paso entre las mismas con una cuota de
sudor y esfuerzo. Las copas de los árboles se llevaban toda la iluminación para
ellas mismas, y Tali debía recurrir a su linterna especial de aventuras. Cuando
el sonido de sus zapatos hundiéndose en el barro no era estruendoso, podía oír
a las bestias salvajes preparándose para atacarla entre los exóticos
arbustos Por un instante olvidó la
búsqueda, mientras imaginaba que podría
hacerle dos diminutos agujeros al libro para ver a través de ellos y, así,
realzar el superpoder. Desde lo alto oyó un “Lo lamento mucho”. Había escuchado
esa frase una infinidad de veces en la televisión. Le costaba comprender porque
no decían simplemente “perdón”. Ya había
pasado demasiado tiempo sin su mamá, sin saber dónde estaba. Y empezó a desesperarse.
Necesitaba encontrarla para tranquilizarse. De pronto, comenzó a correr sin
saber en qué dirección iba, en una especie de espiral. Su figura la calmaba. Su
mamá era la que destrozaba al malo de la película, la que espantaba a los
engendros que podían atacarla en su cama por las noches. La que le daba la
seguridad de caminar por la calle con sus amigas, sabiendo que atrás estaba
ella. ¿Dónde vivían los monstruos y dónde estaba la mamá de Tali?
Divisó un camino alternativo y, mientras lo atravesaba, se topó con un cuarto apartado. Mucho menos poblado, casi en su totalidad en silencio y con una energía nula. La gente dura, como “estuatuas”. “Este cuarto parece mucho más triste”, se dijo. Sus pequeños pasos se enlentecieron como un autito que se va quedando sin batería, cuando su mirada se encontró con los ojos abatidos de su madre: estaba completamente derrumbada. Podía verla claramente, estando arrodillada medían casi lo mismo. Desde la puerta, detrás de la cual se escondió, Tali bajó con dolor el libro. Su cara quedó desprotegida. La situación era una superabundancia de emociones dañinas. No tenía que ver con ella, pero lo sintió propio porque afectó a los suyos. Fue algo que le brotó, que no precisaba explicar. Tali lloraba con la misma intensidad y respiraba con la misma dificultad, como un juego de imitaciones. Más allá de la razón estaba la esperanza de ver a su mama sonriendo hasta la eternidad. Llorar no es fácil, y hacerlo sin saber porque la confundía, al punto de quedarse mirándola sin hacer nada al respecto, contemplando la representación máxima de la desazón. Las gotas, cargadas de angustia, crearon un pequeño arroyo en su cara redonda, como un globo de cumpleaños, marcando el camino de todas las lágrimas que estaban al caer. Sus músculos, derrotados, cerraban su garganta y daban lugar a un nudo corpulento e imposible de desatar. Ver a su mamá quebrada era quebrarse ella misma. Tali lo asumió a costa de la imagen que por siempre resonaría en su cabeza: las súper heroínas también tienen días difíciles.

Tiene un clima hermoso, de principio a fin.
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