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La pierna menos hábil / Por Domador Amado

 

El niño dibujaba círculos sobre la tapa de la urna que sostenía con fuerza como una pelota contra su pecho. No le gustaba ser arquero, pero parecía sentirse protegido como dentro del área chica. Mientras deslizaba sus dedos con suavidad, recordó las películas de navidad donde las familias salen a patinar en lagunas congeladas y siguió dibujando ochos y haciendo piruetas en el aire para caer una y otra vez con la yema de sus dedos. Nunca había patinado sobre hielo. En cada golpe se daba cuenta de que la tapa se descolocaba sobre alguno de los costados para regalarle una bajada empinada. Aún se mantenía tibia y eso lo hizo sentir acompañado, como cuando, de madrugada, esperaba el micro del colegio dentro del sobretodo de su papá, para dejarse atrapar por la modorra que había olvidado en la cama. Se dio cuenta de que lo ponía en ventaja frente a sus rivales, esos que, ahora, avanzaban sobre la escarcha del parque del cementerio echando humo por la boca.

Estaba perdido en su mundo imaginario de carreras para no ser cola de perro, en autitos chocadores, bajadas en bicicleta y cuevas secretas en terrenos baldíos. No dejaba que nadie tocara su cofre del tesoro y se incomodaba cuando pretendían indicarle el camino. Él sabía lo que tenía que hacer. Tendría que mantenerse derechito como en el acto del día del maestro. Llevaba el mismo traje y la misma corbata que había usado en aquella oportunidad. Era el único traje que tenía. Pensó que Sarmiento también estaba muerto y recordó cuando había dado un discurso para las maestras y directoras en presencia de su papá, que lo miraba a través del visor de la filmadora, apoyado en la pared que los alumnos de segundo grado habían pintado por los festejos de la primavera: “¡Bárbaros! las ideas no se matan”, decía. Fue el mismo día que cantaron a los gritos con Sánchez y Cosentino, como si estuviesen en una hinchada de futbol, el himno al prócer. “¡Los tres a la dirección!”, dijo la señorita Claudina. El recuerdo lo hizo sonreír, pero también, darse cuenta dónde estaba en ese momento. Levantó la vista para saber si alguien lo había estado mirando. Nadie lo había descubierto. Aunque con esa carita de pícaro…

Se acercó a la abuela que bajaba lento de un coche negro sosteniéndose del brazo de Mili. Miró cómo, su hermana mayor, hacía el trabajo y se sentó a descansar sobre los canteros de ligustrinas. Estaban llenos de pequeñas pelotitas rojas que parecían dulces como las uvas, pero que él sabía, eran venenosas. Arrancó un racimo y se lo guardo en el bolsillo del saco. Sintió el pantalón mojado y se arrastró hacia adelante moviendo la cola, hasta tocar el piso con la punta del pie. Quiso apoyar la urna sobre los canteros de ladrillo para acomodarse la ropa, pero Milagros ya estaba cerca y ella siempre le robaba sus cosas.

A medida que la gente entraba en la capilla, el murmullo iba apagándose para darle lugar al silencio. Se sentó en la primera fila. Miguel, el párroco de la iglesia, apareció por la puerta de costado, se sacó el sobretodo mojado y lo estiró sobre una silla de plástico. Alisó la sotana blanca e hizo un leve movimiento con la estola violeta que colgaba alrededor de su cuello, como si estuviese secándose la espalda con un toallón. Miró a todos los presentes con una leve sonrisa para esconder la tristeza que cerraba su garganta. Conocía a la familia, había bautizado y brindado la eucaristía a muchos de los amigos que los acompañaban en ese momento. Abrió la biblia en la cinta azul que hacía de marca y acarició una de las hojas como aquel que pide un último favor.

Su madre estiró las manos para tomar la urna que tenía el niño apoyada sobre sus piernas, pero él se deslizó de costado por el banco de madera lustrada hasta esquivar la jugada de su rival. Sorprendida, le hizo un gesto abriendo los ojos y apuntando con su barbilla hacia el pulpito. Él creyó entender que tenía que pararse frente a todos y a la derecha del cura. Caminó erguido y seguro. Se paró con la mirada fija en el ventanal de la entrada que llegaba hasta el techo. Una paloma blanca rodeada de vidrios de colores, como las cartulinas de papel glasé, abrían paso entre sus alas, a un pequeño rayo de luz, que descubría, como dentro de un tubo transparente, las pelusas que flotaban en el aire. Pensó en el humo de los cigarrillos de su papá. Se divertía al desarmar, con soplidos y manotazos, las bocanadas blancas y pesadas que sacaba como un dragón apuntando hacia arriba. Lo distrajo un movimiento: un pañuelo que refregaba la nariz de su abuela. Su hermana abrazaba a su tía Gladys que ahora ocupaba su lugar. No quería verlas, entonces, se puso a contar los asientos vacíos de la capilla. A su izquierda y de atrás para adelante, eras cinco, y del lado derecho, donde parecía que estaba la mayor cantidad de gente, eran seis y eso le pareció raro. Un perro ladraba afuera como si algo lo inquietara. Un desconocido salió y lo calmó.

El sacerdote comenzó la misa mientras le acariciaba la cabeza. Él se mantuvo inmóvil, sujetando la urna con mucho cuidado. Le pesaba un poco, pero la cambiaba de posición. Recién levanto la vista cuando sintió su cabeza liberada. La madre le hablaba haciendo mímica y gesticulando para que dejara la urna sobre una mesa cubierta por un mantel de hilos dorados con copas y coronas, que estaba un escalón más abajo. Luego pareció decirle algo a su tía o a su hermana. Él dio unos pasos para atrás, pensando que lo obligaría a hacer lo que no quería. Ella parecía enojada, se movía inquieta pero se quedó sentada en el mismo lugar.

            ―Cargamos cruces de todos los tamaños y medidas  ―dijo el párroco  que comprendía lo que estaba ocurriendo.

            El niño se dio vuelta hacia el altar para ver la imagen de Cristo crucificado. Su cara lo tranquilizó a pesar de las gotas de sangre que colgaban de sus mejillas. Ahora era su tía la que lo miraba con ojos amenazantes y le hacía señas para que se sentara junto a ella. El cura recordaba las tardes de futbol con su papá…,  que corría más que los jóvenes de la pastoral.

            ―Un hombre siempre dispuesto a participar en todas las actividades de la parroquia. ―continuó el padre Miguel haciendo una pausa― Nos dejó la formación del coro mixto y los viajes a Catamarca uniendo a la comunidad cristiana. Era un hombre…, era un amigo.

Buscó una lectura en su biblia, y  leyó los pasajes de la vida, la muerte y la enfermedad que tanto les gustaba discutir. Luego, con unos golpecitos en la espalda lo orientó hacia la mesa.  Los dos juntos se aproximaron al centro del altar y el escalón hizo trastabillar al niño que, con gran destreza, pudo enderezarse. Sus manos comenzaron a transpirar y por primera vez sintió miedo. La tía se levantó encorvada y dio algunos pasos agachada hasta quedar erguida frente a él. Ese ataque le hizo perder la concentración y, a pesar de sus esfuerzos, la urna se le deslizó entre sus manos húmedas. En el momento que su madre gritó, el niño solo atinó a detener la urna con el pie. Estiró al máximo su pierna menos hábil, y con la punta de su zapato, que lo lastimaba en el talón y en el dedo chiquito, le dio una patada justo en el centro. Su madre, la hermana y la tía, estiraron los brazos al mismo tiempo como queriendo levantar a un bebe de su cuna. La abuela solo pudo enderezar las piernas y mostrar las medias que le llegaban hasta las rodillas.

La urna comenzó a dar giros irregulares desparramando las cenizas por el aire. El crujir de las suelas como hojas secas en otoño pareció callar a toda la sala. El perro volvió a ladrar robando algunas miradas desorientadas. El padre Miguel corrió detrás de la tapa que se empecinaba en sonar como una campanita de mano.  Arrodillado y sin aliento, pensó en juntar las cenizas en montoncitos. Su madre lo levantó de un tirón y él dejó una huella mientras trataba de hacer pie. La abrazó muy fuerte. De pronto, alejó la cara del cuerpo de su mamá, y vio sobre la pared del costado de la iglesia, como si fuese una de las filmaciones del viejo proyector, a su padre gritando el gol desde las gradas del campo de deportes.



 

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