La historia que les voy a contar comenzó mucho tiempo antes de mi llegada .
La vi por primera vez en una de las misas que celebré en la capilla del barrio. Me llamó la atención descubrirla entre los feligreses, era muy joven para el público que asistía a escuchar mi sermón. Generalmente los pibes se acercaban a la capilla para buscar la ropa que donaba Caritas o a pedir ayuda para algún familiar enfermo. A ellos no les gustaba oir la misa y mucho menos rezar. Me habían destinado al barrio Piletón, para sacar a los pibes de la calle, pero, sabía que a través del sermón tradicional no iba a lograrlo. Durante meses caminé por el barrio convocándolos a distintas actividades, en poco tiempo me transformé en el volante del equipo de futbol y en el guitarrista de la banda. Organice infinidad de juegos, en el patio de la capilla, a los cuales cada fin de semana se sumaban más pibes. Capucha colaboraba en muchas actividades y poco a poco se convirtió en una referente más para ellos.
Esa mañana amaneció soleado. Capucha salió de su casa y caminó por la calle sin asfalto saltando los charcos de agua. Los días previos había llovido intensamente y ella confirmaba, una vez más lo acertado del nombre del barrio. A paso rápido cruzó por los pasillos, como lo había hecho durante los últimos meses. Debía llegar a tiempo para desayunar con su abuela.
Su cara se escondía tras la sombra que arrojaba la capucha del buzo, pero, el sol pegaba de lleno en el pircing de su ceja, iluminando con un reflejo solo el perfil derecho de su cara. La apodaron Capucha, sabiendo que usaba la prenda para ocultar la herencia que dejó un incendio. A mí me gustaba llamarla por su nombre, Milagros. Supé a través de nuestras charlas, que a esa sensación de querer ocultarse se sumaba la necesidad intensa de desaparecer de este entorno.
Milagros creció en el barrio. Sus abuelos habían llegado, con la esperanza y la ilusión del progreso que les había prometido el puntero de turno. Por entonces, Marga traía en el vientre a su madre y en los brazos, un mocoso que apenas gateaba. Con muchísimo trabajo y años de esfuerzo, su abuelo transformó la casilla hecha con las chapas donadas, en una casa con paredes de ladrillos huecos sin revoques, con techos planos y donde dormían todos juntos. Así se mantuvo hasta que Milagros nació. El barrio creció más allá del arroyo. Al nuevo lo bautizaron sin mucha creatividad Piletón Bis. Sus padres construyeron su casa en este nuevo territorio de sueños. En el Bis, se mejoró lo aprendido, entonces los pasillos fueron más anchos y rectos aunque a los autos los seguían estacionando pegados a las paredes de las casas como era la costumbre. Un sinfín de cables sin dueños creaba un nuevo cielo en casi todas las esquinas. Las casas mostraban en sus frentes un catálogo heredado de la herrería descartada de la ciudad.
Milagros iba muy atenta caminando por la huella firme que dejaron los autos al pasar, pero, más interesada iba observando el relieve del barro. Una vez me dijo que para ella, después de una lluvia las calles parecían un atlas de relieves. En el camino se cruzó con los pibes de un vecino que iban a toda carrera hacia el comedor, la empujaron, trastabilló y terminó con las zapatillas llenas de barro. En otro momento los hubiera puteado, pero esa mañana Milagros entendía que corrían para no perderse el único vaso de leche que tomarían en el día.
Cuando pasó por la puerta de la capilla, la ví detenerse a conversar con la asistente social. Cecilia le iba a dar una mano para anotarse en la facultad.
El año pasado había terminado el secundario a pesar de todas las dificultades que tuvo. Hacía tiempo se diferenciaba de las pibas del barrio, todas tomaron de excusa el virus que azotó la ciudad para dejar la escuela, la mayoría salió a trabajar en lo que pudo, un par estaban embarazadas y otro par tenían ya algún mocoso para alimentar. Dos años atrás conoció a un recién llegado al barrio y se enamoró. Comenzó la relación como todas las pibas de su edad, tomando una cerveza a las tardes después de la escuela, fumándose un porro los sábados antes de ir a alguna fiesta. Él la deslumbró con su encanto. Una tarde en la soledad de su casa, se entregó encendida por el deseo adolescente. Se dió cuenta, en esas tardes de placeres recién nacidos, de que el pibe le gustaba demasiado y deseaba que su relación fuera mucho más que eso, pero, entendió con desencanto que sus sueños iban por distintos rumbos. Él era el dealer del barrio. Comprendió que seguir por ese camino la llevaría a repetir la versión conocida de tantas pibas, tal vez la historia de su propia madre. Milagros me contó que quería cambiar su destino, una vez me dijo con los ojos cargados de tristeza y desamparo: los que nacemos en la villa lo hacemos con una sentencia, quiero que me ayudes a cambiar la mía.
Cecilia la retuvo un buen rato con su charla, como yo había terminado de acomodar los bancos después de la clase de catequesis, me ofrecí a acompañarla. En el camino, nuevamente me contó que su abuela fue la persona más importante en su vida. Relató con nostalgia como la acompañaba casi todas las mañanas a la puerta de la escuela cuando era pequeña. Con voz temblorosa detalló como la cuidó con extrema dedicación, cuando su madre cayó en una depresión sin retorno al morir su compañero en una redada en el barrio.
Marga fue su confidente hasta que llegué al Piletón, en ella buscaba consejo cada vez que la angustia de su existencia la atormentaba. Con dulzura y sabias palabras de abuela le hablaba tanto como lo había hecho con su madre, con la esperanza de que su nieta aprendiera de sus consejos. Marga estaba enferma, el frío acumulado de tantos inviernos que no guardo en la memoria sino en los huesos le desató un cáncer. Milagros la acompaño a cada consulta médica que hizo en el hospital. Capucha no la dejó sola. Cada mañana iba temprano a prepararle el desayuno que día tras día a Marga le costaba más esfuerzo tomar. La visita diaria de su nieta la llenaba de alegría. Sonreía con ternura ante cada relato. En la expresión de su cara se leía la certeza de que sus consejos fueron bien entendidos.
Entramos a la casa por la única puerta de entrada, la radio estaba encendida pero las luces estaban apagadas. Milagros fue hasta la mesada mientras tarareaba la cumbia que escapaba de aparato, tomó la pava, abrió la llave de paso de la garrafa y encendió el fuego. Llamó a Marga con tono alegre, mientras me guiñaba un ojo decía: te traje visitas, ponete linda. La abuela no contestó. Caminó entonces hacia el dormitorio, me hizo una seña para que la siguiera.
Al entrar al pequeño cuarto la vimos tendida en la cama. Entre sus manos había un papel. Avanzamos otro poco y pudimos ver que tenía el semblante placido de quien se despide sin rencores de este mundo. La única línea que llegue a leer decía: Capuchita me voy tranquila, tu futuro dejó de ser una sentencia.

Es un relato que te va llevando de la mano. Me gustó mucho.
ResponderBorrarCapuchita el “milagro “ de la abuela. Muy linda historia de pasillos
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